Skip to main content

Full text of "La Poesia De Enrique Gonzalez Martinez"

See other formats


U POESÍA DE ENRIQUE 

GONZÁLEZ MARTÍNEZ 



(Conferencia pronunciada en el Club Argentino de Mujeres de Buenos Aires, 
el 21 de julio de 1923, por LUISA LUISI) 



Editor: 
MAXIMINO GARCIA 
Sarantli, 477 - MONTEVIDEO 

1923 



LA POESIA l)E ENRIQUE GONZALEZ MARTINEZ 



Quiero deciros an'.e todo, señoras y señores, que yo 
no he venido aquí a juzgar, ai a otorgar valores, ni a 
dictaminar, desde i-'.' alto de 'a cátedra, la posición 
literaria de un poeia. Vengo a traeros solamen:e, des- 
de las costas azule? de mi Montevideo, el homenaje mas 
caro a un poeta : la admiración ferviente, el hondo ca- 
rino, la agradecida reverencia de mi corazón para este 
erran poeta, que es pertenece desde hace algo :jás de 
un año, por el más grave título de todos: la fraterni- 
dad en la hospitalidad. No esperéis, pues, que os diga 
qué sitial ocupa, en el vasto Olimpo de las letras ame- 
ricanas, este gran mexicano, ni cuál es su técnica, ni a 
qué escuela pertenece. Para adjudicar así. valores de- 
finitivos, toda superioridad es poca; y es. por otra 
parte, caprichosa la fama, y sujeta a circunstancias ar- 
bitrarias la gloria. Xo me pertenece, pues, el derecho 
de juzgar. Yo traigo solamente, en mis manos de lectora 
curiosa y comprensiva, el caudal de una admiración 
que alguno tachará ral vez de ingenua; pero que cons- 
tituye el mas rico de los tesoros del alma, ya que hace 
nuestra, por el amor, la obra de los otros, y la suma 
a la propia, en un deslumbrador tesoro de riquezas. 
Digo, con Amado Ñervo : "El más grande de todos los 



— i — 



poetas será, para cada uno de nosotros, aquel que Laya 
acertado a íormular con mayor sagacidad y precisión 
nuestros estados ¿e conciencia, traduciendo en versos 
puros y nobles, aquello que palpitaba dentro de nues- 
tro espíritu, sin hallar la expresión adecuada y eterna 
en que encarnar para los otros." 

Como Amado Ñervo, creo que la misión superior de 
la poesía consiste en esa comunión espiritual entra el 
alma del poeta, y el alma de sus lectores; una nueva 
forma de religión humana, que desviste las almas de 
los hombres de sus oscuros ropajes de pasiones y afa- 
nes, y las muestra en toda la limpidez primordial de 
sus valores, l'n ilustrado amigo mío, novelista chileno 
de garra, decía no ha mucho, en las columnas de un 
diario bonaerense, que, para él. el valor definitivo de 
la poesía, es el encanto. Yo discrepo, totalmente, en 
este punto, con mi estimado amigo Eduardo Barrios. 
Para juzgar ;Irl valor de una poesía, mido el grado de 
amor que esa poesía es capaz de despertar en nuestra 
alma; la proiundidad del sentimiento, la reconditez de 
las fibras humanas que toca. ¡Dulce, y consoladora, y 
bienaventurada sea la gracia, el encanto, la belleza ju- 
venil, y la frescura ingenua, para nuestros cansados 
espíritus de mortales! Pero siempre amaré con más 
hondura el ímpetu trunco de la Victoria de Samotra- 
eia, que la gracia de la Venus de -Mediéis; el profundo 
humanismo de la Pietá de Miguel Angel, <jue el en- 
canto sensual y turbador de una Bacante de Clodión. 

Y porque Kuriquo González Martínez trae en su poe- 
sía, la facultad maravillosa de hacerse amar; porque 
toca con me no impalpable, las fibras más sutiles del 
alma, y abreva .s¡u engañarla con falsas seguridades, 
nuestra sed de misterio; porque corre bajo la tersura 



impecable de sus versos, el agua subterránea de su pro- 
pio corazón; porque siu gritos, sin estridencias, sin lá- 
grimas casi y sin lamentos, nos acerca a los labios del 
alma el dolor incolmado de la suya, es hoy, para mí, el 
más grande poeta de América. 

Cumplió en ella la cruzada renovadora . que había 
de salvar por segunda vez a la poesía, de las manos 
sacrilegas de los imitadores. Debió cumplir, respecto a 
los continuadores de Rubén Darío, la misma misión 
salvadora, que había cumplido aquél respecto a los ro- 
mánticos. Bendita fué la acción del gran poeta nicara- 
güense, que puso un cisne por represa al desmelenado 
torrente de los vacuos y oratorios poetas del roman- 
ticismo; y con la grácil frivolidad de su Eulalia, y la 
artiticiosidad encantadora de sus Versailles y sus mi- 
dineites, y el helenismo literario de sus Castalias, sus 
faunos y sus ninfas, canalizó las fuerzas estérilmente 
derrochadas de los Quintana, los Oyueui, los Gallcy y 
los Díaz Mirón. Y comenzó entonces, sin medida, la 
abrumadora invasión de la frivolidad, del artificio, di- 
ta insinceridad, del virtuosismo retórico de los imitado- 
res externos del Maestro.' ¡Pobre humanidad, sujeta 
eternamente a la enfermedad del ritmo, pomo diría 
nuestro Vaz Ferreira ! Y, sin embargo, el cisne cantor 
de Nicaragua, sintió bien la falsedad de su propia poe- 
sía; y pasada y vencida la necesidad apremiante de la 
renovación poética, volvió por sus fueros de hombre, y 
Uoró su propia angustia en sus magistrales "Cantos de 
Vida y Esperanza". Era, pues, necesaria y urg«m1e la 
nueva renovación, si es posible llamarla así, que lim- 
piara la poesía de toda esa hueca e insincera retórica 
de nuevo cuño. Y fué Enrique González Martínez quien 
había de ''torcerle el cuello al fisne", como lo dijo él 



u. > -j¡ -.t. D ;C' re a- iic i »i, L'scriiü, ¡ii' t;s<n; ra A ma- 
ravilloso cantor de Xiearagua, sino contra los que man- 
charon y deformaron su obra de perfecta belleza, con 
la caricaturesca imitación de los versificadores sin hon- 
radez artística. 

l'orque, ¿qué pudo contra ellos, el misticismo cris- 
tiano y brahiuáuieo de Ainado Ñervo- Su serení iad, 
su paz írente al Misterio, no podían abrevar la sed ur- 
gente de una humanidad que volvía ya del positivismo 
ateo, y no se satisface más con los antiguos velos enga- 
ñadores de i sis. La poesía de Amado Ñervo no tuvo la 
virtud revolucionaria de Darío, ni la renovadora de 
González .Martínez, ¡áu misticismo, transformado en 
cristianismo en sus últimos años, nada nuevo aportó a 
las ansian d-j esta ñora profundamente mística y paca- 
na al mismo tiempo, que tío encuentra la expresión de- 
liuitiva ele sus anhelos en ninguna religión positiva del 
momento. 

¡Tragedia enorme, ésta de la generación ijiie bu:; le 
sus raice- 5.11 las postrimerías cient'ilicistas del siglo XIX, 
y abre ia coya de su espiriiualisn-.o ávido, 011. el .i.is- 
ticismo naciente del siglo XX! Tragedia que nadie ha 
expresado aún en toda su grandeza, la de esta sed pro- 
funda del alma, desgarrada diariamente por ese aúlle- 
lo de espiritulidad en contraposición a las raíces posi- 
tivas de su educación ! Los que alcanzaron la plena rio- 
ración de su existencia en ese enorme siglo XIX. pu- 
dieron satisfacerse en la ilusión de su ateísmo, y llegar 
al lina! de su carrera, en la tranquilidad de su disolu- 
ción definitiva. Los que aún conservaban intacto el te- 
soro de fe, cruzaron por la vida, guiados por la niág 
bella de las ilusiones. ¡Dichosos ellos a quienes han de 
florecer ro-sas todas las espinas, y para quienes tod->s 
los caminos ilevau a la ansiada Jorusalén !. . . 



L'eru uomUi'O.s, nosotros, los qu<; hemos de pasar lodu 
]a vida desganados por ios dos siglos enemigos, siu 
que la fuerza positivista de uno sea capa/, de vencer a 
la mística del otro, no podemos negar a Jsis, ni recu- 
brirla con un solo velo. 

¿No J'ué. acaso, un estado (ie alma semejame, ei que 
constituyó laminen la tragedia anímica de lus primeros 
románticos s. . . ¿V no fué también la culpa de los De 
.tfusact y de ios Jiyroii ci habi-r nacido iroy lurd dan* 
un m-undt trop vicux...¿ 

Nosotros no, sin embargo. Nosotros liegos nacido 
demasiado temprano, para un uuwido demasiado nuevo. 

II 

Para este estado del espíritu, Darío fué demasiado 
.artificioso y demasiado frivolo; Lugones demasiado ob- 
jetivo y demasiado complicado, como nuestro Herrera 
y líeissig: Ñervo demasiado ortodoxo. Sólo González 
Martínez absorbió dentro de sí la ansiedad multánime 
de Ja hora, y fué el sincero, el hondo, el verdadero y 
el espiritual. Espiritualidad dolorosa, serena: recóndita 
espiritualidad ¡a de este poeta recogido todo dentro de 
sí mismo: todo resonante de su vida interior, amante 
del silencio y de la profundidad. Nadie ha dicho mejor 
que él la fecundidad inmensa del silencio, en donde se 
gestan todas las posibilidades. Silencio que es potencia 
y que es fuerza, cuando han agotado ya todas sus fuer- 
zas los huecos sonidos de la vocinglería. 

"Y caliar... mas tan hondo, con tan profunda calma, 
que absorto en la infinita soledad de ti mismo, 
no escuches sino el vasto silencio de tu alma." 



De lo contrario, dice el poeta: "Te engañas, no lias 
vivido." Este soneto, "Imr.s", da él solo toda la posi- 
ción anímica del poeta. No es la torre de marfil, des- 
deñosa y aislada, de una poesía que ha pasado ya com- 
pletamente. El supremo egoísmo de aquella actitud na- 
da tiene que ver con esta amplia y fraterna concepción 
de la vida y de las cosas: 

"Atan hebras sutiles a las cosas distantes; 
al acento lejano corresponde otro acento. . . 
¿Sabes tú a dónde lleva los suspiros, el viento'/... 
¿Sabes tú si son almas las estrellas errantes?...''' 

"...Y besarás el garfio del espino 
y el sedeño ropaje de la dalias. 
Y quitarás piadoso tus sandalias 
por no herir a las piedras del camino." 

Esto, como se ve, está muy lejos de la torre de mar- 
fil de los herméticos. Un hondo panteísmo, que flota, 
luminoso, por sobre las páginas de "Los Senderos 
Ocultos", muestra al poeta tierno, humano, abierto a 
todos los seres y a todas las cosas: "Busca en todas las 
cosas un alma y un sentido — ocultos", dice en uno de 
sus poemas. Pero no se contenta con esta contemplación 
franciscana y este panteímo místico, alojador de la? 
luchas de la vida. El vive entre los hombres, y no re- 
huye su contacto, ni les niega el consuelo de su ciencia 
y el alivio que les brinda su profesión. M$dico, la ejer- 
ce durante diez y siete años, y pone la mano en las 
llagas y el bálsamo sobre las heridas. Ni niega a su 
país, tan probado, el caudal de su talento en la polí- 
tica, la más quemante y la más fecunda de las activi- 



dades humanas. Xo, él no huye de la vida para refu- 
giarse eu una torre de marfil: 

"Y le digo a la vida: no vaciles, golpea, 
hunde el cortante fiio de tu cincel, transforma 
y renueva mi alma, tú que sabes dar forma 
al bronce de un impulso v al mármol de una idea." 

Tero, característica actitud moderna, hecha la parte 
de la vida, del combate diario, guarda para él solo la 
piadosa soledad de su vida interior: "... Y regresó a 
la tienda de su paz interior." 

"Oh! mi divina gruta de goces interiores 

en que la vida adquiere intensidad extraña; 

que sólo yo conozco, que eternamente baña 

un sol que prende luces y que revienta flores. . . " 

Pero este asilo supremo de la paz interior, ese vasto 
silencio de las almas, es todo nobleza y todo elevación: 

"Puedes hundir la mano en aguas pantanosas, 
mas cristaliza el fango y purifica el lodo...' 

"Y pasa con tu suave serenidad, y el santo 
reposo de tu espíritu... pero advertido y presto 
a recoger del polvo con desdeñoso gesto 
la fimbria de tu veste y el borde de tu manto." 

No nos dejemos engañar, sin embargo, por esta apa- 
riencia de serenidad. Más que serenidad es fortaleza, 
supremo pudor de hombre, distinción de alma que su- 
fre de la falta de dignidad de íorln .|iieja, y de la falta 
do c:eii::n'-i:! de todo jrrr.o. Xo es impasibilidad, nó; no 



es frialdad de corazón., esa altivez suprema dei alma, 
esa generosidad que no admite el turbar dh.-has ajenas, 
con el envilecedor acento del gemido. 'Jomo esa raza 
estoica del Japón, que recuerda en muchos de sus con- 
ceptos de la vida, a !a serena majestad de G recia, el 
poeta piensa que es un crimen centra !a dicha ajena, 
el conturbarla con una queja. Y su elegancia de espí- 
ritud, su noble dignidad a quien ofVmle el grito des- 
templado, en la vida como en la literatura, revela un 
dolor mucho mas profundo, en el leve temblor de sus 
pestañas. :iuc cu íodu sollozo tealial y en todo llanto 
afeminado. Los que nunca llonmui ponen tuda su alma 
en una lágr¡ji:a, esa "lágrima mía, mía de tal modo, — 
que si su enigma penetrar pudiera — en secreto pavor, 
no lo dijera — ni a ti tul vez a quien lo dijo todo..." 
I'cro hsiy momentos cu que la marea interior golpea 
rudamente las paredes del pecho y pretende avasallar- 
lo todo. Y entonces el poeta estalla en " Alarido": 

" Grita, corazón, grita 

Que tu alarido suene y el gran silencio rompa. 

(¡rita al mar y a la tierra y al cielo. 

y que el cielo y el mar y la tierra te oigan. 

Grita, corazón, grita. . . 

Ks el único instante, y la sola 

ocasión en que estalle el tumulto 

de una vida sin rumbo y sin normas... 

Ks el único instante. . . 

Mañana 

ya no será hora. . . " 

La ••arncterfstica de esta poesía es su dignidad y su 
nobleza, unidas a «na gran espiritualidad. Y lo más 



- :l - 



interesante, y que reveía bien si! conÍMiuidad con la 
inquietud mística de la_ l¡< ra, es su a.titud frente al 
Misterio. Dice Alfonso Keyes, e)i el próiogo de uno de 
sus libros, que la musa de este poeta se nos muestra 
sin fe religiosa, pero también sin sed religiosa. Yo lla- 
mo sed religiosa, a la preocupación por todo problema 
de huís allá. Y esta sed religiosa, que no es otra cosa 
qu¿ el neoinisticismo del siglo .XX. s* revela a cada 
paso en los versos de este gran poeta. El no quiere la 
dilucidación definitiva del gran problema, en el que 
reside el interés y la poesía máxima le la existencia, 
y escribe a Amado Ñervo, al comentar uno de sus li- 
bros, en donde éste asegura que "se acabaron los quién 
sabe...": ''La esfinge sin enigma es un monstruo ab- 
surdo." La savia absorbida por su educación en el po- 
sitivismo ateo del siglo XIX. rechaza ¡a fácil solución 
de una religión positiva; p;rc el anhelo espiritualista 
del siglo XX, no le permite ser un sensualista o un 
pagano feliz de la vida sencilla de las :.:sas. Su panteís- 
mo mismo es religiosa y no «ensual. Ama en las cosas 
el alma, y no la apariencia: y muelo menos el goce 
pasajero que prestan »: nuciros sentidos. l\sa honda 
espiritualidad de su poesía, rué es a! inif-r.ío tiempo su 
mayer nobleza, recuerda a la del catalán Fernando Mn- 
ristany, aunque este último, como Adiado Ñervo, se 
sienta arrastrado al fin, per ;a corriente del neocristia- 
nismo. La dificultad estriba en mantenerse místico, sin 
caer ni en la religión, ni en el sensualismo. En "La 
Puerta' magnífico poema, en "Un Fantasma", esta 
actitud de sinceridad y de nobleza, adquiere toda su 
serena amplitud. Fl problema de la muerte lo atrae 
con fuerza invencible. Quisiera cr-:er en la vida de 
ultratumba, pero la educaí-ién comVate el anhelo del 



— 12 — 



alma. Y este combato, que analizó magistraímente 
l'namuno en uno de sus mejores libres, está contenido 
todo él, en "La Puerta": 

"Los dos llamamos a la misma puerta 
para sabir un día lo que esconde 
la lóbrega mansión... En la desierta 
inmensidad, el eco nos responde. 

Lr.rgc. llamar ! . . . Los maltratadas nudos 
de las manos ya sangran. Tlnn corrido 
con el tiempo las lágrima.*... ¡Oh, mudes 
■huéspedes sin piedad y sin oído! 

A veces, un rumor de la lejana 
extensión nos anima; el ansia crece. 
¡Oh. triste golpear!... Kn la mañana 
la ilusión de la noche desparece. 

Mas llegará la hora en que la herida 
mano rompa el orín de los cerrojos, 
y al último rincón de la gui.rida 
penetre la codicia de los ojos. 

Y cuando ceda al fin el oxidado 
gonce que alianza la cerrada puerta 
sai-rá nuestro dolor que hemos llamado 
ante ci umbral de una mansión desierta. 

No se podrá dudar, ante la claridad del símbolo, de 
la preocupación del poeta frente al Misterio; como no 
es posible dudar •". : -a. d olorosa consecuencia, o mc.i« 
de la tcrrili'ic solución que da al magno problema: "sa- 
bia nuestro dolor que hemos llamado ante el umbral 



— 13 — 



de una mansión desierta." Dolorosa duda, penoso te- 
mor, con que la razón responde al ansia infinita d..c 
alma! Se me antoja que esta composición está estre- 
chamente ligada con acuella disputa cariño*» que el 
poeta sostuviera un día con su fraternal amigo Amado 
Ñervo, a propósito del '*se acabaron los quién sabe" 
del autor de •'-Serenidad''. "Los dos llamamos a una 
misma puerta..." ¿Los dos?... Sí, González .Martínez 
y Amado Ñervo. Pero si el primero sólo vislumbró des- 
pués de su llamado, la inanidad de una mansión de- 
sierta, el otro gran mexicano escribió aquella otra 
hermosísima "Puerta" en donde afirma la realidad de 
su fe: ''Tor esa puerta lia de volver un día...'' De 
estas dos actitudes, indudablemente sinceras y nobles 
las dos, una culmina en la tranquilidad, en la paz de 
una consoladora religión, después del largo ambular 
por todas la: - íüosoi'ías y todas las religiones. L.> como 
una soberbia terminación de dulzura en ei poniente 
de esa vida que se extinguió entre nosotros, frente al 
azul horizonte de nuestras playas, en un apacible 
amanecer de otoño. 

a*oro hay más grandeza, más sufrimiento íntimo, 
mas dolorosa fortaleza, en la lucha que no termina, 
del otro. Su vicisitud lo pone un día frente a frente 
« un "Fantasma", que vuelve de la muerte. ¿No será, 
acaso, el Lázaro de las Escrituras, resucitado una vez 
mas por e i genio insondable de Andreieff?: 



"El hombre que volvía de la Muerte 
se llebó a mí... Y el alma quedó fría, 
trémula y muda. . . De la misma suerte 
estaba mudo el hombre que volvía 
de la Muerte 



14- 



K:-;| .i- V m, !¿l ¡;. . . I iTO 

había en su mirar ensimismado 

el solemne pavor del que hu mirado 

un gran enigma, y torna mensajero 

del mensaje que aguarda el orbe entero... 

El hombre mudo se posó a mi lado, 
y su Luz y mi faz quedaron juntas, 
y me subió del eorazóu un loco 
afán de interrogar. . . Mas poco a poco, 
se helaron en mi boca las preguntas... 

Se estremeció la tarde con un fuerte 
gemido de huracán... Y, paso a paso, 
perdióse en la penumbra del ocaso 
el hombre cjue volvía de la .Muerte. . . 

No, el enigma no será desvelado hasta que cada uno 
de nosotros penetre definitivamente en el hortus con- 
clusus de la muerte. ¿ Pero es posible negar sed de mis- 
terio, honda preocupación religiosa, al poeta que escri- 
be tales rimas? 

Esta alta y honda espiritualidad, le da un sentido 
tan fino a las cosas., sí agudiza de tal percepción de in- 
materialidad, que se le vuelven inteligibles el lenguaje 
y los mensajes recónditos del mes allá. Para él, tiene 
voz esa ultra vida que palpita alrededor de nosotros, 
y que perciben sólo lo.< sentidos afinados del alma. 

El escucha voces y recibe extrañas confidencias. 
¿Qué sutiles fibras del espíritu se ponen en comunica- 
ción unas con otras, para que e! poeta pueda decirnos 
esas maravillosas palabras., h«?n<:hidas de sentido divi- 
no? A\h \ no son las palabras humanas, groseras y sen- 
suales pakbrus que nos hal lan de la vida mezquina 



-15- 



j t , h» l.uiiibivs, luii.'.püL'ftia pw i..¿ uum*.- ru< antro- 
pomorfismo il la v ida del más allá, ¡v, un lenguaje nue- 
vo, que habla a nuevas potencias d f .l alma. Se espiri- 
tuali^i ésta de tul modo, que huye, en extraño volar 
de su liabitáeulo, tal como lo pretenden los nuevos 
religiosos; nías no pnr virtud do sjges::óu extraña, 
sino al llamado poético de otra ai::. a. Lo> versos ejer- 
cen su religiosa Üimción, y tornan vi ¡ente al ¿..¡ia que 
en sí misma los recoge, tal cerno fué vkUnte rl alma 
que lo* escribió. ¡Noble virtud la del poeta que así nos 
sabe eievar sobre la carne, en vez de *ume: , giru:< en las- 
engañosas seducciones de- la sensualidad!... 

"Alguien o algo se ha ido. . . 

¿Por qué — si no — perdura eu mi c.-neieLoia 

esta insondable vaguedad de anuncia 

y este pavor de olvido?... 

Yo tengo para mí que alguhn se ha ido. 

¿Tal vez aquella noche ya lejana 

do mi primer dolor, cuando una arruga 

dejó en mi i'reníe su señal temprana. 

en invisible y misteriosa fuga 

huyó, lo que perdí, por la ventana" 1 :'... 

Nunca podré saber cuándo, ni dónde 
se fué, ni que se fué del laclo ¿u:o; 
yo sólo sé que a la canción que envío 
alguien responde. . . 

Desorientado ser. acaso en mía 
noche imprevista volVerá ?. su centro.. . 
T e! ansia de esperar que llevo driitro 
atisba en los presagios de la hi::a 
el fantástico signo del encuentro. . . íf 



-16 — 



" Tañía la campana, 
taüia la campana 

dilatando en los aires el prcfétieo son; 
y en un mundo vacío, de soledad arcana, 
estábamos tan sólo la voz de la campana 
y v0 - 

Enmudeció la vida, y fie calló el estruendo 
del mar, 

y el son de la campana fué creciendo y creciendo 

y llenaba, los aires el clamor estupendo 

y era yo de los hombres el llamado a escuchar! 

Ante la voz aquella desfalleció el sentido; 

En ceguedad los ojos cerráronse a la lux. 

y apenas en mi oído 

aleteaba el alma secreta del sonido 

en concéntricas ondas de una rara virtud. 

T la voz repoblaba les silencios del mundo, 
y el hermético origen del inaudito son 
me parecía a veces que estaba en el profundo 
abismo de mi propio corazón. 

Tañía la campana, y el son Iba diciendo 
las cosas de hace siglos y las que han de pasar: 
y enmudeció la vida y se calló el estruendo 
del mar. 

El son de la campana fué creciendo y creciendo... 
Y era yo de los hombres el llamado a escuchar. . . ,? 

Es casi profanar estos verses, el pretender liaeer 
sentir lo rjue de recóndito y casi diría ultraterreno 
tienen, que nos con mueren, como decía más arriba, i-on 



— 17 — 



voces de una espiritualidad que hace temblar, Pan.-"-, 
como que una voz nueva nos hablara a potencias des- 
conocidas de la' propia alma; y esa voz de la campana 
qne va creciendo y creciendo, acaba per llenar con mi- 
soms turbadores y profetices el alma, que liega tam- 
bién ella a creer que 4 'era yo de les hombres e! Ua- 
mado a escuchar. . . " 

III 

Es curioso notar ahora, que esta actitud proi'unda- 
mente espiritualista se va genriaiizendo más y má. 
emrc lus poetas de ambas :núrge::es d-rl Plata, orine; 
pálmenle; contrastando abiertamente 1.011 la actitud 
opuesta de !as mujeres. 

Señalemos, entre los urugnayoso, a Sái>at Eroasty ci 
mo el que ha llevado a su máxima exal; ación cml c. 
trufia \idtiicia del alma, frente a los enigmas q... : >v 
hacen ct.'u vez más punzan. es. Sus '"Poemas del ll'i'.i 
hro'' llevan la espiritualidad mística hasta la violen- 
cia, traducida en la cólera do la impotencia, frciit»: ;;. 
silencio secular del Cosmos. El siente el dolor de h 
ir.tcliirtncia, detenida en su vuelo audaz por la ma:<: 
fia opaca; y su ''Imprecación a Dios", aún v.vA'Mt. 
tune toda la fuerza de la rebelión de Promete. 
tormento, hoy metafísieo, no ha perdido ñor eso: nri'.t- 
"•en, hp adquirido un nuevo y más punzante sentid'/ 
humano. Como Sá.bat Ercasty, por la fuerza expresiva 
>' 'os arranques geniales, no conozco mn&úii otro e;j 
América, por más que algunos poetas sientan acaso con 
ir.ayor equilibrio y serenidad el mismo dolor cósmico 
la ehisp a divina aprisionada en la materia osear;;. 
Tal, entre los argenlinos, Fernán Félix de Arcador, 
cuya bíblica iriste?a. "omio V: I !: c- .• '.] . . 



c^!8 - 



'•r ; M:s' mí ; ;¡ !a li i... .sí. r.. \ i. : cap.ruua- 
JiJad 

No conozco sino pequeña parle de la obra de este 
poeta. (|iie tengo para mí, por !o ptuo que ele él he leí- 
do, lia de ser en breve tiempo uno de los más grandes 
de !a Argentina. Arturo Capdevila, más humano tal 
vez en su dolor, me parece muios mclafísico, diré, si 
así se me permite llamar a este sentimiento, que si 
bien tiene sus raíces en el pensamiento, se hace sentido 
profundo y anímico a', relacionar: o con la vida real del 
sentimiento. El neoniisticismo, que no puede transfor- 
marse ya en religión positiva, penetra profundamente 
en la poesía moderna, animándola de una nobleza, de 
una hondura, de una espiritualidad que la hacen v,.v 
d a ti e rnm en t e d n ha. 

Lo notable del caso es que frente a esta espirituali- 
dad masculina, las mujeres han recogido ese sensua- 
lismo abandonado er. poesía por los hombres y han 
triunfado con él como bandera. La condesa de Xoail- 
les, acaso el mayor poeta actual de Francia, es exacev - 
bü'lamcnte sensual y erótica; entendiendo por sensua- 
lismo e 1 predominio de los sentidos sobre el espíritu. 
Este sensualismo la hace amar todas las cosas buena* 
de Francia, como ella misma lo dice; lo mismo la ílor 
que el fruto (y permítaseme, a propósito de esto, el se- 
ñalar el desplazamiento poético hacia los frutos, del 
prestigio y !a atención de que habían gozado hasta aho- 
ra casi exclusivamente - las flores). Panteísmo, induda- 
blemente, pero panteísmo puramente sensual, en con- 
traposición al panteísmo místico o religioso de los 
poetas espirituales., que busca en las cosas, el alma, el 
sentido recóndito, y su significado anímico. 

Y como la Condesa de Noailles, Lucie Delarue Mar- 
driN, Renóe Vivien, Héléne Vacaresco. 



V cu .\¿i:> ;'ica, a. ■> ¡m, i -«».-» di • í. . ugila.', 

Deliüivn Agustiui y Juana ue x^aibouruu, son irania- 
mente .sensuales y eróticas. Más cró'.i':» l it primera, con 
niucho do rccoricisino y moda iitciaria en sus versos; 
más sensual ia se^r.ndu, en el sentido más arriha indi- 
cado, a la manera de la Condes: 1 , d;; Xuai.Ues. Nadie ha 
bocho resaltar liaría ahora iu ai.^iU^-a oslreelia cnire 
estas dos poetisas, li.i^ra el punto de que una llega a 
parecer en ocasiones remeda de la otra. Extrañas ana- 
logías de temperamento y de realización, a pesar de la 
distancia y del idioma; en donde el poco sagaz sólo 
creería ver una imi- ación, emnido sólr hay una estrecha 
conformidad anímica. V Alfonsina Storni entre los ar- 
gentinos, no definiente esía aciitud. por lo menos sor- 
prendente de las mujere-i-ix-etas. -Sólo la gnir.de Ga- 
briela Mistral .se sustrae victoriosamente a ia corriente 
sensualista une ha invadido tum'dcn a las que apenas 
se inician; y ha triunfado maraviilo.>am-.nte con su 
verso listado de sangre y hí'-i, como ella lo define, en 
donde se abre la mística flor del cristianismo. 

•Será éste, acaso, un argumenio en ¿avor de aquellos 
que sosiieuen la inferioridad mental de la mujer.' Yo 
no lo creo. La espiritualidad masculina ees íior de in- 
tenso y prolongado cultivo, en tierra intelectual ira- 
bajada de siglos. El sensualismo poético de las muje- 
res es ílor espontánea de rieo terreno en barbecho. Ya 
florecerá también, en sus tierras cultivadas por el es- 
tudio y hondamente abiertas pQr ia reja del dolor, la 
flor refluida y sutil del espiritualismo poético. 

IV 

Enrique G'rnzáUz Martínez realixa, a mi modo de 
ver, >on mayor perfección que ningún otro, este anhe- 



lo de espiritualidad, que i:e svf.alaclo como la earai.ie- ; 
ristiea mayor de su poesía. La elegancia uativa de su* 
espíritu, lo aleja de la desesperación inte.eetual de¡ 
.-iábat ¿icasíy. Su vida serena, colmada, perfecta co.jj 
u¡o una parábola geométrica. lo aleja del dolor nm\ 
humano de Capdeviia; su ciu .-ación positivista, acasojj 
:a:nbién sus estudios de medicina, y el ejercicio de su* 
profesión que lo lia hecho se-'uir de terca la evolución 1 
y la disolución de la materia, i»; alejan del misticismo 
ciisiittiio de Amador y de Gabriela Mistral, tanto co- 
ito de la religión positiva de. Amado Ñervo. Por el 
r.:uiiibri<« perfecto de sus is-.-ukades mentales y ani- 
laicas, el gran poeta niexkauo realiza un claeisisnio 
».ue lian, aré interno, ya que no se reduce soi amenté a 
:.::a iría ;>erJ'eceión de la f-.r.:.a. Una corriente de cá- 
lido sentimiento, que no lkga hasta la expresión cun- 
iieia sino en contadas oca.-?!- ne*, moderniza de sensi- 
bilidad aciuai esta poesía profundamente sincera y 
humana. Realiza mejor que ningún otro ese ideal de 
equilibrio que señalara Torremiell como meta a alcan- 
zar por los poetas de hoy, entre la perfección del cla- 
ciaisuio y la potencialidad s-riitimental del romanti- 
cismo. 

Todos los versos- de su primera época, en especial 
los de "Los senderos ocultos" — la obra preferida 
del poeta, — están escritos en moldes clásicos, moderni- 
za«i...$, más en su fondo que en su i'orma, por la sensi- 
biüdad delicadísima del poeta. 

Pero ya en "La Palabra drl Viento", sin romper 
con !a métrica, y menos con la rima cara siempre a 
Goi.zález Martínez, rica con frecuencia y jamás for- 
zada, aparee* una mayor libertad, una mayor flexibili- 
dad de ritmo, ya por o-l desplaz-.mii'.'nto de ios acentos, 



— 21 - 



ya por la combinación siempre feliz de metros diver- 
sos. Una musicalidad en annónuo-*. una resonancia ín- 
tima y recóndita, transforman la fácil melodía, en una 
música más: compleja y más moderna. Tales por ejem- 
plo: "El Minuto Incierto", "Ventura carmina", "La 
ciudad absorta", en las que esta armonía se funde con 
un alucinamiento turbador, que las transforman en 
com posición es defin i t i vas. 

En "Casa con dos puertas", de un simbolismo feli- 
císimo, aparece también por vez primera una nostálgi- 
co melancolía que florecerá luego completamente en su 
última obra "El Romero alucinado". No resisto a la 
tentación de leeros estas des magníficas composiciones: 

"la ciudad absorta": 

"Silbaba un manso viento de a.¡uel lado del mar. . . 

Ijft turba era una sola alma para escuchar. 

Se concentraba iodo cu el vago sonido 

que venía de lejos. . . La tarde era tan pura 

y lo emoción tan honda, que el alma hubiera oído 

ol vuelo de un celaje cruzando por la altura 

*1 vuelo de un celaje 

«tt la paz infinita do un misterioso viaje. 

8fflo el mar prolongaba su angustioso 1 orinen t o 
mientras la turba oía la palabra del viento. 
iCiudad que vi una larde y euyo n' ■ bre ignoro, 
Ciudad de vida unánime y silencios de oro, 
ciudad absorta y muda, ciudad cuyo sentido 
único es la insaciable codicia del oído; 
tiudod a quien la llama de crepúsculos rojos 
■o despierta una sola inquietud en los ojos? 
«Hldnd que nada mira, ciudad un" a n >:U: r'i'-iid" 



porque escucha y (.'emprende 

Urbe ile cuyos hombres, al pasar a su laclo, 
no podré decir nunca que me hubiesen mirado; 
vieja ciudad fantástica de quien decir no acierto 
si la crucé dormido o la soñé despierto... 
lie perdido tu rumbo. ¿Quién me «irá .si existes, 
obsesión de mis horas infecundas y tristes?... 
¡Quién sal/'- si entre rueños te volveré a escucha 
oh, viento que sóplalas de aquel ladu del mar! 

"CASA CON* DOS ITERTAS'* 

''¡Oh, casa con dos puertas que es la mía, 
casa del corazón vasta y sombría 
que he visto en el transcurso de los años 
üena a veces de huéspedes extraños, 
y otras veces., las más, casi vacía... 

(.'asa que en los risueños 
instantes de la vida, miró absorta 
la fila interminable de los sueños 
de arribo fácil y de estancia corta... 

¡Cuáu raro fué el viador rjue en la partida 

drg'ó para los tránsitos futuros 

una hoguera encendida 

en la piadosa puerta de «olida 

n una noble inscripción sobre les muros!... 

Los más dejaron al fulgor incierto 

«le un prematuro ocaso 

aljrún jirón en el umbral desierto; 

el alma errante de algún himno muerto 

o un desiías'e de piedras a su paso. 



g¿lo al silencio de la paz nocturna 
prende su lamparilla taciturna 
huésped desconocido. . . 
V se pregunta mi inquietud cobarde 
«;j es un cansado mw.r que 11 (•£<'> ínrdt 
0 es mi viejo dolor <|uc no ha s:a:i!o:... 

Kn ambas magníficas poesía.-, el :!::rc !.?! verso es 
perfecto, como perfecta es la rima. Na di: cpiu:;nd¡rá. 
R ¡n embargo, estas composiciones, con tes puro cla- 
¿¡sisino, a causa de la ser.sIViil-T.d .>.:«- •'••: , !ií<::::a que 
las penetra y vivifica, imprimiendo en eib» el srllo in- 
confundible de su autor. Tanto los f.lejar.drmos de la 
primera, como los endecasílabos de i a >~¿nnda, pare- 
cen adquirir un rit:¡íO nuevo, divvr&o de", habitual, a 
causa del sentimiento y de la idea que traducen, a 
causa también del lenguaje usado en eili:». distinto del 
común lenguaje poético, de ui:a triviaiid;: i abrumado- 
ra. El léxico de González Martínez. per*-?:iece al más- 
puro castellano, y tiene a veces, yo no «ó qué sabor 
arcaico, perfumado de modernidad. líe a raí. en "La 
comunión secreta", una felicísima c-cmbir.ación de me- 
tros, que sin dejar de ser perfict s e¡: c. «::i verso, pro- 
ducen en su conjunto, p.isn impr^ión ii-? aguda mo- 
dernidad. 

"Iíay veces en que todo 

parece que nos habla... 

Ln lluvia' cuchichea diálogos en la f ¡ onda 

y cada flor caída pronuncia uva pala 1 .:*.*. 

El aire que revuela por el jardín dormido 

siembra el pavor auiusto de su vr-z cnij.tv.átiea 

y el invisible coro de los muertos 

nos saluda en la lensuta de las campanas. 



En la siniestra soledad nocturna 
de la casa, 

la nía de recuerdos en graves procesiones 
L!or¿ o canta 

y musita sutiles confidencias 
.le las horas pasadas. 

Kl crujido de un mueble o el latido de un péndulo 
nos sobresaltan, 

y parece que hay almas errantes que dialogan 
con nuestras almas. . . 

Encontramos sentido al chirriar <¡e una puerta 
o a: silbo inesperado de la volante ráfaga, 
y lísy ecos de tragedia y relatos de espectros 
en ia voz angustiosa de a:;,'im perro que ladra... 
Kay noches en que todo 
parece que nos habla. . . 

Hay veces en que todo parece que nos mira, 
hí-y dífi« en que todo parce • i n f • nos lias .a... 
K: pájaro que cruza por ei azul divino 
cual una fuga blanca 

cm una emuladora ascensión de la tierra 

nr/< bvita a seguirlo cuando mueve las alas. 

Parecen contemplarnos las corolas abiertas 

que ha trocado el rocío en pupilas con lágrimas, 

y cuando ya la noche enncgrei'c los muros 

de* "as viejas moradas. 

des!- 1 lejos nos miran los fantásticos rostros 
de las ventanas. . . 

En cada parpadeo de una estrella palpita 
una señal furtiva que salva la distancia, 
y «! \i:\v. irresistible vocación de heroísmo 
nos busca el aromado viento do la montaña. 
Hay una vigorosa salutación fraterna 



tu los pinos más viejos y en las rocas más altas 
como si en sus augurios la soledad supiera 
que un día — santa hora, — iremos a buscarla... 
Hay veces en que todo parece que nos mira; 
hay veces en que todo parece que nos llama. . . 

' Bellísima composición ésta, por el fondo, por la sen- 
oibilidad, por la forma, y que nos recuerda aquella 
otra del delicado Samain que comienza: <: I1 est d'e- 
trunges soirs oú les íieurs ont une ame..." 
■ ¿ ...Los versos de catorce se combinan en la poesía 
del mejicano, de una manera felicísima, con los de on- 
co, de cuatro y de dcee. Esta inclusión de versos cor- 
tos, de cuatro, a veces de dos sílabas solamente, en 
Composiciones de arte mayor, da a las poesías de Gíon- 
Jfélez .Martínez una fisonomía característica, al tiempo 
QUO las enriquece, de una armonía compleja y diversa, 
ftl romper la monotonía fatigosa del alejandrino clá- 
sico. Pero donde el sello de modernidad se imprime 
cou mayor fuerza en toda la obra de esíe maravilloso 
poeta, es en su último libro: '"El Romero alucinado", 
ol más característico tal vez d* toda su obra. La for- 
ma aquí se íiexibiüza de tal modo, de tal modo se afina 
y se agudiza la sensibilidad, y capta como una antena 
laa más sutiles ondas anímica--, que pocas veces hemos: 
encontrado una poesía más; riña, más espiritual, más 
moderna que ésta. 

filosofía sutilísima de Maeíerlinck encuentra en 
este poeta su expresión más acabada y perfecta. "La 
pesadilla", se emparenta así estrechamente con "La 
Jutrusa" del poeta belga, y pertenece a la misma ca- 
tegoría que "La Ciudad Absorta", mezcla de alucina- 
ron y de símbolo, rorque en González Martínez, que 
^a lejos de ser un poeta simbolista a la manera de 



^ 28 - 



Mallanré ) 'c 1 ji. íi il .íi;-.»r d : I... f ,i;,;.io parque", 
t -i j»¿nibolo adquiere, sin embargo, i;a enorme papej 
en su poesía. Desde esa maravillosa "Puerta", que o* 
he leído al comenzar, hasta "El puñal", lino y cincej 
Jado como un anua llorentina, o cu e*te espeluznan^ 
"tíuía", que es preciso conocer, el símbolo se hace el 
iuckIo de expresión habitual al poeta. Pero es un sínw 
bolo claro siempre y transparente, prot'un3a mente ar- 
tístico, con que el autor vela solamente, sin enmasca- 
rarla por completo, como en ropaje de gasas y no en 
espesa capucha, la dolorosa y púdica desnudez de su 
alma. * 
TLe Ji'iuí ahora "El Guía'', por el que atraviesa al-; 
go ile ese calosfrío de misterio, de pesadilla y hasta de 
extraña íceura, que salpimt-nta y le da tan hondo sa- 
bor a la poesía de este gran mejican" de la hora pre- 
sente : ' 

i 

"La moneda amarilla , 

de la luna angustiada 

cae como limosna en la escudilla 

vacía de la tierra amedrentada ... 

Noche de horror y decisivo instante... 

Mil caminos abiertos, 

y raudo el caminante 

"trente de la maraña alucinante 

de los rumbos inciertos... 

De pronto el guía, la piadosa mano 
que con gesto sencillo 
por la insondable ruta del arcano 
nos lleva como al ciego el lazarillo. 



V esiui/us i"vu, hermano, 
fantasma conductor cié mi uvv&turu 
al través de las sombras del paisaje. 
¿*ero no me enteré de tu locura 
sino íicgado ai término dcí v iaj-.-. . . '* 

101 iiorror dt e»la n.aroiia, l.e>ad s de la mano por 
un loco al través de la:s sombras del paisaje, es parien- 
lc cercano de aqu-.l otro horror de ' Los ciegos' ' do 
Maetcrlinciv, con quien ya había seña.ado la afinidad 
anímica y el seuiido semejante de lo trá'jico cotidiano, 
al decir de Papini. Y.u la realidad y en <j\ símbolo — ¿nu 
¿vinos acaso todos, ciegos a quienes un loco conduce de 
l,i mano por entre el horror de la selva oscura.' — es tan 
intimo y tuu profundo el sentido, que estamos tentados 
de .sacudírnoslo, como nos sacudiríamos una pesada e 
jiijn.iir.na idea tjue nos persigue como un remordí- 
jaiento. 

J'cro donde la modernidad del poeta se hace más 
aguda, es en la parre titulada "Las sonrisas del trán- 
sito", en las que a las veces, aparece como una vaga 
vislumbre nltraísta. Tal por ejemplo: "Radiograma 
cuyo título nos sugiere la ide a de un poema de Guiller- 
mo de Torre, o de Gerardo Diego: 

"Una estrella canta 

en el cielo 

su sonata 

de luz y silencio. 

huilones de estrellas lejanas 
repiten a un tiempo 
el nocturno radiograma 
del "lucero. . . 



- 28 — 



Y la antena fina y alta 
que es el alma del Romero 
.siente y capta 
ios giros concéntricos 

que ie mandan ¡ 
las lumínicas ondas del silencio." 

Si '.¿ sensibilidad exquisita del poeta no pusiera e 
el poema f la anima fina y alia de su alma, creeriaim 
encontrarnos frente a un poeta ultraísta. Un finísñn 
seniidc de ironía, un atemperado humorismo, pone s 
nota iv.icva en e*ta parte del libro. ''La pareja", ''1 
niña de la escuela", "La mosca", "Liliput", 4i Danz 
ele-lamina*', y, más que ningún otro, *'Las ranas' 
revelar, esta nueva modalidad del poeta múltiple qu 
no es. sin embargo, como su mismo título lo india 
sino la sonrisa pasajera que asoma a flor de alma, fren 
te a algunos seres y a algunas cosas. Todos los grande 
poeras !a han tenido alguna vez en su vida, y viene t 
este memento a mi memoria, el humorismo de cierto 
retratos en la obra del más grande, lírico español de 1 
hora presente. Juan lí. Jiménez. También en Gonzále 
Martínez vuelve de nuevo a sonar la nota profundi 
como que el alma es demasiado grave para reir larga 
mente c*l espectáculo de los seres pequeños. 

l'na nostalgia agrega su fino y transparente tul, a 
cambiarle ropaje do esta poesía multiforme, y *'B 
R'nuro alucinado" se cierra sobre la añoranza de la 
moniañts y las cosías nativas. Solire la melancolía de 
otoño d~ su vida., cae la profunda melancolía del des 
tierro. «jue hace más humana aún y más interesante, 1' 
fisonomía de este poeta, fjue al dteir de un crítico argefl 
tiiy». ni ¿e cansa, ni envejece : se transforma. 



-29- 



J'or otra parte, nadie- ha definido mejor !a poesía 
<le Enrique González Martínez, que el propio Clonzález 
Martínez. 

Terminemos nuestra conversación sobre el magnífico 
poeta, con estos versos que son la más exacta exfesis 
do su obra: 

"Quiero con mano firme y aliento puro, 
escribir estos versos para un libro futuro: 

Este libro es mi vida... No teme la mirada 

•viesa de los hombres; no hay en sus hojas nada 

fluo no sea la frágil urdimbre de otras vidas: 

Impetus y fervores, flaquezas y caídas. 

La frase, salta a veces palpitante y desnuda; 

otras, con el ropaje del símbolo se escuda 

de viles suspicacias. Aquel a quien extrañe 

«te pudor del símbolo, que no lo desentrañe. 

Este libro no enseña, no conforta, ni guía, 

y la inquietud que esconde es solamente mía; 

mas cu mis versos flota, diafanidad o arcano, 

1* vida que es de todos. Quien lea no se asombre 

de hallar en mis poemas la integridad de un hombre 

sin nada que no sea profundamente humano." 



OBRAS DEL MISMO AUTOR 



Svilir... — Poesías. — Casa Renacimiento.^ 
1910. (Agotada). 

Educación Artística.— Monografía pedagógica 
Trabajo presentado al lí Congreso Ame 
ricano del .Niño celebrado en iMonlevide< 
el año J ( .M9. Editorial Renacimiento.- 
ID19. 

I'kns sobre Educució/i.—Esluú\o& sociales } 
pedagógicos.— Editor .Maximino García 
Montevideo, í<)2ó. 

[nrjuietitd. — Poesías. — Editorial «Pegaso», 
.Montevideo. 



íll>|>. I.'l Sl«l.i | .uo.p. • - .* </ ;CK.